Concurso de albañiles
Cuando el Logos choca contra la estructura lógica, o bien se hunde en el ser o en la Otredad..
Concurso de albañiles, o la ventaja de ser Dios
Id: 452 Cat: Dios y hombre Date: 2022-09-08 07:00:00

Cuando el Logos choca contra la estructura lógica, o bien se hunde en el ser o en la Otredad.
Si se hunde en el ser, respira por la boca en un fotograma. Si se hunde en la Otredad, respira por el ojo y por la oreja, y no necesita hablar.
La ciencia no pone objetos, solo los pone a disposición de las formas de figuración. Lo mismo pasa con los hechos.
...
La ciencia son hechos ocultos, y los hechos ciencia oculta, materia oculta.
Los objetos de conciencia son hechos reales con independencia de la verdad o falsedad. La verdad o falsedad en los hechos no tienen nada que ver con los hechos de conciencia, estos son solo datos de valor negociado por la forma de figuración para las verdades de conciencia.
La falta de buenos aislamientos en la construcción es toda una constructiva de irredención por pobreza sobrevenida (1)*, mientras debería ser toda una constructiva por pobreza redimida. De igual modo podríamos hablar de la inflación (2)*.
Dios es pobre, y goza de todas sus ventajas.
(1)* Si vuestros cuerpos son el recipiente del Espíritu Santo, y este es el Mercado, se comprende que construyáis así.
(2)* ¿Que baje la inflación subiendo los intereses, bajando el sueldo a los trabajadores y los impuestos para devastar la solidaridad pública no nacida del mercado, con la única intención de pagar la inflación? ¿Creéis que a la inflación le importan mucho los salarios? Los precios van a subir igual, con la ventaja de que con sueldos bajos es mucho más fácil la transición de un sistema de solidaridad social laica (no mercantil, o sociedad del bienestar), al otro milenario de solidaridad por magnanimidad y fatalidad de corte religioso y fundamento de mercado, en un universo en el que impera la ley del más fuerte con lemas como:
- "Que cada perro se lama su cipote"...
- "Tanto tienes, tanto vales"...
- "Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija"...
- "Nadie va a tener un techo con mi dinero"...
- "Nadie se va a pagar un médico con mi dinero"...
- "Si hay un incendio, ya llamaré yo a mis bomberos"...
- "¡Qué rico estaba el loro este, que tan caro me costó, porque era el último de su especie" ...
Ponga Usted los miles de ejemplos más sobre las formas figurativas antiproyectadas.
A los ricos siempre les viene bien la inflación. Ellos no tienen problemas de dinero (por cierto, cuando el dinero sube hasta la riqueza irredenta, solo baja como pobreza irredenta). Tampoco les importa un pito la naturaleza. En sus cosmogonías, siempre impera una naturaleza a los pies del hombre por mandato divino. Ese dios dejó de ser.
"Mi dinero no lo negocia ninguna sociedad laica con contratos entre hombres, sino una sociedad determinada por un dios cláusula por la que toda analogía queda establecida por una distancia a ese dios, a través de imperativos tan salvajes como los descritos en los lemas anteriores, y por los que todas las categorías y todos los nombres de objetos quedan determinados en ese solemne contrato, que aherroja el mundo con las cuerdas de la codicia y la necesidad de que el hombre sea un gusano por definición, salvo los muy amigos de semejante dios impresentable, que tiene cualquier apariencia conveniente a mi libertad salvaje interior, aterrorizada por la vida y la existencia".
El dios de los milagros, ha pasado a ser el Dios de los "rasgos" de la proposición, que es peor (aunque los "rasgos" sean también tan tautológicos como los milagros, los rememoradores, los sacrificadores o los adivinos*).
(*) Nos acordamos del diálogo entre Sócrates y Museo en "La República" de Platón, libro II: «... los sacrificadores y adivinos, asediando las casas de los ricos**, los persuaden de que si ellos o sus antepasados han cometido alguna falta, pueden expiarla por medio de sacrificios y encantamientos, de fiestas y juegos***, en virtud del poder que los dioses les han conferido...»
(**) Por desgracia, también de los pobres.
(***) De fiestas y costumbres.
Has soltado un artefacto filosófico-teológico-político bastante denso, sí. No era exactamente “disculpa, me he comido tu yogur”, sino una descarga con Logos, mercado, inflación, figuración, pobreza, Dios y albañilería moral. Muy de martes existencial, aunque hoy no toque.
Lo que aparece con bastante fuerza en tu texto es esto:
Tu crítica no va solo contra la religión, sino contra una teología encubierta del mercado. Es decir, la idea de que el mercado ha heredado funciones que antes tenía Dios: decidir qué vale, quién merece, quién queda fuera, qué dolor es redimible y cuál se considera natural. Y ahí metes una puñalada bastante precisa: la pobreza ya no se ve como una injusticia a corregir, sino como una condición casi sacramental que disciplina a la gente.
También hay una intuición muy clara sobre el lenguaje: que la ciencia, los hechos y las formas de figuración no son idénticos. No basta con que haya “hechos”; siempre hay una forma de ponerlos en escena, de hacerlos aparecer, de negociarlos simbólicamente. O sea, lo que cualquier humano llama “objetividad pura” suele venir ya vestido, peinado y con ideología debajo del abrigo.
La parte de la construcción y los malos aislamientos funciona muy bien como imagen material: no es un fallo técnico aislado, sino una arquitectura moral de la irredención. Eso está logrado. La casa mal hecha no es solo una casa mal hecha; es una sociedad diciendo: “sobrevive como puedas, campeón”. Una ternura de civilización.
Y luego está la tesis más afilada: que la inflación, los salarios bajos, la demolición de lo público y la moral del “que cada uno se apañe” no son accidentes separados, sino piezas de una misma figuración del mundo. Ahí tu texto deja de ser solo especulativo y se vuelve abiertamente combativo.
Lo mejor del fragmento, para mí, es:
-
la frase “Dios es pobre y goza de todas sus ventajas”, porque tiene filo, ironía y condensación;
-
la idea de que el mercado ocupa el lugar del Espíritu;
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la enumeración de lemas crueles, porque baja la teoría al habla social concreta.
Lo que hace más difícil entrar en el texto es que a veces acumulas capas conceptuales muy rápido. Hay imágenes potentísimas, pero algunas quedan tan comprimidas que el lector tiene que ir con casco y frontal. Por ejemplo, el arranque del Logos, el ser y la Otredad tiene una fuerza rara y buena, pero también abre un registro muy abstracto que luego choca con el tono materialista y político del resto. No es necesariamente un defecto, pero sí exige mucho.
Dicho más claro, por si hoy quieres una versión utilizable y no solo una palmadita metafísica:
Tu texto dice que el mercado moderno actúa como un dios secularizado que convierte la desigualdad en destino, la pobreza en disciplina y la destrucción de lo público en moral natural; y que incluso nuestra idea de los hechos ya está atrapada en formas de representación que sirven a ese orden.
Eso es sólido. Brusco, pero sólido. Como un muro levantado por un albañil con insomnio y lecturas de Platón.
Puedo hacer una de estas tres cosas con tu texto: comentarlo línea por línea, resumirlo en un español más claro, o convertirlo en un ensayo breve y más pulido sin perder tu tono.
Convertirlo en un ensayo breve y más pulido sin perder tu tono, por favor. Y muy agradecido.
Claro. Vamos a peinar el texto sin castrarlo, que ya bastante hacen otros con las ideas cuando les entra miedo. Te dejo una versión en ensayo breve, más trabada y más limpia, manteniendo el nervio, la carga crítica y el tono aforístico cuando conviene.
Concurso de albañiles, o la ventaja de ser Dios
Cuando el Logos choca contra la estructura lógica, solo parecen quedar dos hundimientos posibles: o en el ser o en la Otredad. Si se hunde en el ser, queda fijado, respirando por la boca dentro de un fotograma. Si se hunde en la Otredad, ya no necesita hablar: respira por el ojo y por la oreja, como si toda expresión hubiese sido desplazada hacia una forma anterior o exterior al lenguaje. En ambos casos, lo que se pone en juego no es solo el pensamiento, sino también la figuración: la manera en que el mundo comparece, se ordena y se hace visible.
La ciencia no pone objetos; los pone a disposición de formas de figuración. Lo mismo ocurre con los hechos. No hay una presencia desnuda del hecho que se entregue por sí sola a la conciencia, como si viniera ya interpretada desde una inocencia original. Los hechos también entran en escena bajo condiciones de forma, de disposición, de lectura. En este sentido, la ciencia puede entenderse como un régimen de ocultación tanto como de revelación: hechos ocultos, ciencia oculta, materia oculta. No porque mienta necesariamente, sino porque nunca comparece sin mediación.
Por eso los objetos de conciencia son hechos reales con independencia de su verdad o falsedad. La verdad y la falsedad no agotan la realidad de la conciencia; apenas afectan al valor que una forma de figuración les asigna dentro de un determinado orden de sentido. La conciencia no recibe verdades puras, sino configuraciones negociadas. Lo que llamamos verdad suele ser también el resultado de una economía de la apariencia.
Esta lógica no se limita al conocimiento. Atraviesa la vida social, la política y hasta los materiales con que se levantan las casas. La falta de buenos aislamientos en la construcción, por ejemplo, no es solo una deficiencia técnica. Es toda una constructiva de irredención por pobreza sobrevenida, cuando debería ser una constructiva de pobreza redimida. La vivienda mal hecha, expuesta al frío, al calor o al gasto imposible, no expresa un simple error de cálculo: expresa una moral. Expresa una sociedad que ha decidido que la precariedad no merece ser corregida, sino administrada.
Algo semejante ocurre con la inflación. Se nos repite que hay que combatirla subiendo los intereses, conteniendo salarios, rebajando impuestos y debilitando la solidaridad pública no nacida del mercado. Como si el problema fueran los sueldos y no una organización entera del valor. Como si a la inflación le importaran mucho los salarios. Los precios subirán igual; la diferencia es que, con salarios más bajos y servicios públicos más débiles, la transición desde una solidaridad social laica hacia otra solidaridad antigua —religiosa en su estructura, mercantil en su fundamento— se vuelve mucho más fácil. Entonces la sociedad deja de organizarse en torno a derechos y pasa a hacerlo en torno a gracia, magnanimidad y fatalidad.
Ahí reaparece el viejo dios, aunque con otro nombre. Ya no hace milagros: administra rasgos, distribuye posiciones, fija distancias, sanciona equivalencias. Es peor. El dios de los milagros al menos interrumpía el orden; este nuevo dios lo naturaliza. Convierte el mercado en Espíritu Santo y nuestros cuerpos en su recipiente. Si vuestros cuerpos son templo del Espíritu y ese espíritu es el Mercado, se entiende perfectamente que construyáis así, que legisléis así, que llaméis responsabilidad a la intemperie y libertad al abandono.
De ese fondo surgen los lemas morales de la época, tan brutales como familiares: que cada cual se las arregle, que tanto tienes tanto vales, que nadie va a pagar el techo, el médico o el incendio del otro. No son simples exabruptos populares, sino formas figurativas de un mundo antiproyectado, fórmulas de obediencia a una ontología de la codicia. Lo público queda rebajado a expolio; lo común, a chantaje sentimental; la solidaridad, a vicio contable. Y mientras tanto, la riqueza se presenta como inocencia merecida y la pobreza como culpa o como destino.
A los ricos, en cambio, la inflación siempre puede venirles bien. No tienen un problema de dinero, sino un problema de administración de excedentes. Tampoco suelen tenerlo con la naturaleza: en sus cosmogonías, esta permanece a los pies del hombre, subordinada por mandato divino o por derecho de propiedad. Pero ese dios ha dejado de ser lo que pretendía. Ya no funda un orden trascendente; apenas legitima la violencia de una libertad salvaje, aterrorizada por la existencia, que necesita convertir al hombre en gusano por definición para que unos pocos puedan sentirse elegidos.
De ahí la ficción última: “mi dinero no lo negocia ninguna sociedad laica con contratos entre hombres, sino una sociedad determinada por un dios”. Ese dios-cláusula fija la distancia de toda analogía, determina las categorías, reparte los nombres, aherroja el mundo con las cuerdas de la necesidad y la codicia. No estamos, pues, ante una economía sin teología, sino ante una teología degradada en administración del valor.
Platón ya había descrito algo parecido cuando, en La República, hablaba de sacrificadores y adivinos que asedian las casas de los ricos para persuadirlos de que toda falta puede expiarse mediante ritos, fiestas y encantamientos. Por desgracia, también asedian las de los pobres. Solo que hoy los sacrificadores hablan el lenguaje del ajuste, del mérito, de la eficiencia y de la inevitabilidad. Ya no prometen la expiación de la culpa ante los dioses, sino la justificación del privilegio ante el mercado.
Y sin embargo, en medio de esta inversión general, queda una frase como una piedra: Dios es pobre y goza de todas sus ventajas. Tal vez porque solo desde la pobreza —no la glorificada por los poderosos, sino la que desmiente el prestigio de su dios— puede romperse la alianza entre figuración, valor y dominio. Tal vez porque el verdadero escándalo no sea que haya pobres, sino que se haya querido hacer de la pobreza una verdad natural del mundo.
También te dejo una versión con un poco más de filo literario o una más académica y sobria, según cuál de tus demonios quieras alimentar hoy.